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Unión y Fuerza: RATOS DE PORAO y DRI se presentaron en Buenos Aires #Reseña

El sábado 14 de marzo se producía una combinación imperdible, una cita obligada y un contrato inaplazable: RATOS DE PORAO y D.R.I daban su performance en El Teatro de Flores. ¿Alguien hubiese siquiera imaginado esta unión? Desde ya, en lo imperante que puede ser la voluntad y cualquier deseo, sí, pero de factible, poco, si analizamos el historial de cada banda y su relación con el país. ¡Más en un contexto de recesión! En fin, todo es posible y el milagro ocurrió.

La velada comenzó con los locales de OTRA SALIDA, que no solo cumplieron con el cometido y la pesada carga de abrir para titanes en el ring, sino que sentaron la bandera que se seguiría durante toda la noche: molerse a palos en moshpits como si no existiera mañana. Muy bien hecho por los locales que, seguramente, se habrán llevado nuevos seguidores.

La locura por RATOS DE PORAO era total. El recinto estaba abarrotado, el calor era asfixiante, las fragancias sudorosas se agolpaban y no entraba un alfiler. Los muchachos de Brasil que ya son locales en el país salieron con los tapones de punta: «Alerta Antifascista» fue la apertura, siguiendo la normativa de su rediseñado logo. La ideología, rápidamente, se convierte en moral y entre «Igreja Universal» y «Máquina Militar», Joao Gordo, histórico vocalista del género, expulsó a Messi del cielo y gritó «aguante Maradona», juntando geopolítica con Crossover. Desde el centro del campo respondieron con ferviente: «síii». ¿Qué esperaban, un no? Da lo mismo, si la banda elige, conscientemente, hacer de su música un acto político, así que era lo podía esperarse.

Un sonido perfecto, prístino, sin fisuras; canciones que no daban respiro – y en este set es donde el moshpit realmente nunca paró -, el público cantando todo, si es que no repartían golpes de por medio o tomaban cerveza como agua. No quiero redundar en una figura, pero la performance de Joao Gordo, que había cumplido 62 años un día antes, fue soberbia. Ojalá cualquier banda Hardcore, Thrash, Crossover, o de género similar, pudiera tener esa fuerza, resistencia y claridad vocal.

Jão estaba lesionado, así que, de repente, el guitarrista se convirtió en «corista» y fue reemplazado por Mauricio Nogueira que hizo una excelente tarea. La imagen, más allá de curiosa, demostró la entrega de una banda inoxidable. Es difícil encontrar un punto alto del show porque, sin exagerar, en sí mismo lo fue. Quizás «H.I.D.H» o la locura que despertó «Farsa Nacionalista» con sus cambios de ritmo… pero sería buscar donde no corresponde. Más bien, cabe destacar que en cuarenta y cinco años (!) el grupo no muestra síntomas de cansancio en lo más mínimo. Boka es una auténtica bestia tras los parches y podría erigirse como atleta si quisiera. Cumplidor, carismático y veloz estuvo Juninho en el bajo.

«Beber Até Morrer» y «Crucificados Pelo Sistema» fueron festejados como una especie de obtención de lotería: la locura fue general y la alegría inmensa. Era difícil ubicarse en algún rincón donde alguien no se moviera.

Un show corto, como lo manda el Hardcore, Crossover Thrash, pero más que eficiente y con un sonido perfecto, hizo que RATOS DE PORAO se despidiera con ovaciones y la felicidad del público que, más le valía no estar cansado, porque aún quedaba el plato principal.

El caso de D.R.I. es para estudiar o, al menos, para desarrollar in extenso. Tres años y siete días después, el grupo volvió a Argentina con dos de sus miembros originales y, a destacar, los que más permanecieron estables en la misma: Kurt Brecht (voz) y Spike Cassidy (guitarra), mientras que Greg Orr estuvo en el bajo y, para sorpresa de nadie, un nuevo baterista, Danny Walker —competencia con MEGADETH para saber quién suma más cambios de miembros—.

Pero si la continuidad institucional del grupo merece atención, también la merece su persistencia estética. D.R.I. sigue siendo uno de los ejemplos más claros de esa hibridación entre Hardcore Punk y Thrash metal que, a comienzos de los ochenta, redefinió las fronteras entre ambos mundos. Ese cruce continúa siendo el corazón de su propuesta en vivo. Y un corazón que parece aguantar todo porque no hubo descanso. Esto es literal: no lo hubo.

El set arrancó con “All for Nothing” y “Manifest Destiny”, y bastaron apenas segundos para que el público entrara en una dinámica que ya es casi ritual: pogo constante, círculos que se abren y cierran, y un nivel de intensidad que rara vez baja durante todo el recital. Bueno, para ser justo, sí, hubo momentos de baja: ¡pero porque ya eran como dos horas sin parar desde RATOS DE PORAO! Tampoco es turno de darle paso a la ridiculez.

El repertorio fue, como corresponde a la banda, generoso y veloz. Canciones como “I’d Rather Be Sleeping”, “Commuter Man”, “Probation”, “Standing in Line”, “Hooked” y “Yes Ma’am” aparecieron como ráfagas sucesivas, pequeñas detonaciones musicales que no superan los dos minutos pero que, acumuladas, producen un efecto desconcertante que, en traducción, sería, reclamar qué camión acaba de arrollarlo a uno.

Durante la primera mitad del show el sonido tardó en asentarse del todo. La potencia estaba, y muchísimo – enfatizo esto – pero la mezcla aún no encontraba el equilibrio ideal entre guitarras, bajo y batería. Particularmente en las seis cuerdas: ¿cuántas veces dejó de funcionar la guitarra de Cassidy? Sin embargo, en un recital de D.R.I., donde la velocidad y la actitud suelen imponerse a cualquier detalle técnico, eso no fue suficiente para frenar a un público que ya se encontraba completamente entregado. Ni mucho menos a la banda que se sobrepuso ante cualquier inconveniente. 

Fue recién hacia la parte final del concierto cuando todo terminó de acomodarse. Con “Beneath the Wheel” y especialmente con “Thrashard”, el sonido finalmente encontró la claridad necesaria y la banda empezó a sonar con la contundencia que su repertorio exige. Los riffs de Spike Cassidy comenzaron a cortar con precisión y la base rítmica ganó presencia. Ahora, como pequeña crítica, y la misma es enteramente subjetiva: entre el LP debut (1983), Dealing With It! (1985), y Crossover (1986), prácticamente, el set no se concentró en «canciones», sino en más de doce furiosas descargas de blast beast y, con un sonido irregular, puede jugar una mala pasada. Por ejemplo, “Dry Heaves” no tuvo comparación con “Thrashard”.

La reacción del público fue inmediata: El Teatro Flores se transformó en un verdadero torbellino humano. El moshpit ocupó buena parte del centro del recinto y se expandía de a poco hacia el fondo, donde estaban los analistas más cautelosos.

En lo individual, cada integrante cumplió un rol claro dentro de la maquinaria del grupo. Spike Cassidy sigue siendo el verdadero arquitecto sonoro de D.R.I. Su guitarra conserva ese estilo seco, cortante y sin ornamentación – por suerte – que ayudó a definir el Crossover Thrash desde los años ochenta. No hay virtuosismo ostentoso en su forma de tocar, sino precisión rítmica y economía de recursos: riffs breves, rápidos y eficaces.

Kurt Brecht, por su parte, mantiene intacta esa forma de cantar que parece más una descarga verbal que una interpretación tradicional. Su estilo vocal —a medio camino entre el Hardcore Punk y el Thrash— sigue siendo uno de los elementos más distintivos de la banda. Es más, ya que es un autor de libros, es como un spoken word a ritmo infartante.

En el bajo, Greg Orr sostuvo el peso del sonido con una ejecución sólida y directa. En un estilo donde la velocidad suele devorar los matices, su trabajo fue fundamental para mantener la base compacta que necesita el grupo. Finalmente, Danny Walker en batería aportó una mezcla de potencia y control que permitió sostener el ritmo frenético del repertorio. Su tarea no es menor: tocar con D.R.I. implica mantener velocidades constantes durante largos tramos sin perder precisión. Walker cumplió con solvencia, integrándose sin fricciones a una estructura que históricamente ha visto pasar numerosos bateristas. Nota de fan obsesivo: llamen de nuevo a Felix Griffin que está disponible. Nadie puede tocar “Madman” como él.

El set continuó con clásicos como “Suit and Tie Guy”, “Worker Bee”, “Abduction” y “The Five Year Plan”, cerrando una noche donde la lógica fue simple: canciones cortas, energía directa y una conexión inmediata con un público que conoce ese repertorio casi de memoria. Más allá de los ajustes técnicos iniciales, lo que quedó fue la esencia misma de D.R.I.: una banda que, décadas después de haber inventado prácticamente un subgénero, sigue funcionando como una máquina de velocidad, actitud y desorden controlado.

¿Quedan dudas de que se trató de una noche para los anales de este extraño subgénero? Aquel que navega entre el Thrash y el Hardcore, indefinible y contradictorio, entre la predicción y la sorpresa. Gracias y los esperamos de vuelta. Cuanto antes, mejor.

RATOS DE PORAO

DRI

Facundo Guadagno
Redactor en Rocktambulos
Antropólogo. Politólogo. Escritor.
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©Todas las fotos fueron tomadas por Leticia Villalba para Rocktambulos / Todos los derechos reservados

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