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Cosechando la siembra: DEAN WAREHAM volvió a Buenos Aires para recordar sus años en LUNA y GALAXIE 500 #Reseña

Luego de 25 años sin pisar suelo argentino, Dean Wareham se hace presente en Niceto en lo que puede ser una entrada triunfal; una sala repleta y en los balcones varias de las figuras más importantes del indie porteño de los últimos 30 años. Es que el sonido característico que el guitarrista ha patentado en bandas como LUNA y GALAXIE 500, puede escucharse hasta el día de hoy en la escena indie local. El resto del público, una mezcla precisa entre veteranos de la era alternativa y oyentes más jóvenes llegados por el culto digital alrededor de sus bandas, respondió con una ovación inmediata, cálida y sostenida.

No hubo estridencias. Tampoco las necesitaba. Wareham construyó durante más de una hora y media un concierto apoyado en la sutileza: guitarras cristalinas, arreglos mínimos y una voz que sigue encontrando belleza en la fragilidad. Desde el comienzo con “Flowers” quedó claro que la propuesta no apuntaba al impacto inmediato, sino a la atmósfera. El lugar, con sus luces tenues y el sonido envolvente, parecía diseñado para esa clase de ceremonia íntima.

A pesar de ser un artista prolífico, con múltiples proyectos, el repertorio se basó en sus primeros diez años de carrera, especialmente en las canciones de GALAXIE 500. “Strange” generó uno de los momentos más coreados de la noche, mientras que “Fourth of July” produjo un silencio reverencial entre el público antes de explotar en aplausos. Hubo algo conmovedor en escuchar esas canciones en vivo; no sonaban como reliquias sino como piezas suspendidas fuera del tiempo.

Su esposa, Britta Phillips, en bajo y Roger Brogan, en batería, acompañaron con precisión elegante, evitando cualquier exceso. Cada instrumento parecía ocupar exactamente el espacio necesario. En varios pasajes, Wareham dejó que las guitarras se extendieran en largos desarrollos hipnóticos, acercándose por momentos al clima del dream pop más etéreo y, en otros, a un rock nocturno y urbano que remitía directamente a la tradición neoyorquina que ayudó a moldear. Tambien pudo sortear hábilmente la falta de una segunda guitarra que piden las canciones de LUNA.

Entre canción y canción habló poco, aunque lo suficiente para establecer complicidad con el público porteño, como recordando que la última vez que había estado en el país, en septiembre de 2001, el país estaba al borde del colapso. Una imagen no muy diferente a la actual.

Además de las canciones de LUNA y GALAXIE 500, hubo un seleccionado de covers que pasó por THE MODERN LOVERS, BOB DYLAN, YOKO ONO y SERGE GAINSBOURG, algo usual durante toda su carrera. Wareham es de esos músicos que, a través de sus versiones, te hace conocer infinidad de otros artistas y mundos.

El cierre llegó con una seguidilla emocionalmente demoledora, con “Tugboat”, una de las primeras canciones que compuso, y “Ceremony” de NEW ORDER. Las últimas canciones transformaron el recinto en una especie de trance colectivo: ojos cerrados, cabezas balanceándose suavemente y teléfonos apenas levantados, como si incluso el público entendiera que algunas experiencias pierden fuerza cuando se las mira a través de una pantalla.

Cuando las luces finalmente se encendieron, quedó la sensación de haber asistido a algo cada vez menos frecuente: un concierto donde la delicadeza tuvo más potencia que el volumen. A los 62 años, Dean Wareham no necesita reinventarse ni competir con la velocidad del presente. Su música sigue funcionando como un refugio elegante contra el ruido del mundo.

Facundo Llano
Colaborador en Rocktambulos
Música, comida y libros, el resto está de más.
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